Ocho buques, un submarino nuclear, 4.500 marines y una duda: ¿EEUU atacará a Maduro?

La Cuarta Flota despliega en el Caribe su mayor operación militar en décadas. Para Washington, Maduro dejó de ser un dictador: es un “jefe narcoterrorista prófugo de la Justicia”. El chavismo prepara su defensa para mantenerse a flote una vez más

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Hace años que Venezuela vive en el mismo loop: la resignación ante el control absoluto que exhibe el régimen se ve sacudida por la irrupción de algo nuevo, que genera una expectativa de quiebre, hasta que la crisis es reprimida —de forma cada vez más brutal—, el control vuelve a ser total y la resignación se impone otra vez. La última vez fue el 28 de julio de 2024, cuando Nicolás Maduro le arrebató de forma escandalosa la elección a Edmundo González Urrutia. Lo grotesco e indisimulado del fraude, acompañado de la desaparición de decenas de dirigentes opositores de primera línea, barrió con toda esperanza de transición.

Un año después, el ciclo vuelve a comenzar. Y parece la repetición de algo que ya se ha visto muchas veces. Por eso, las noticias se pierden entre tantas otras que tratan de contar al menos una parte de lo mucho que está ocurriendo en la escena global. Pero es un error. La película que se está proyectando en las aguas del mar Caribe es inédita. No sabemos cuál será su desenlace ni si desembocará en un cambio de régimen. Cuando se trata de Venezuela, la apuesta más segura es siempre por la supervivencia de la hegemonía chavista. Pero estamos presenciando algo que no habíamos visto antes.

El momento en que asesinan al expresidente del Parlamento ucraniano Andriy Parubiy
En esta historia hay dos personajes clave. El primero es Donald Trump, el presidente más poderoso en décadas, entendiendo por poderoso a alguien con una enorme vocación y capacidad de torcer el curso de los acontecimientos. El otro es Marco Rubio, que, con el aval de Trump, concentra un poder como pocos funcionarios en la historia reciente de Estados Unidos. Rubio es, al mismo tiempo, secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional: los dos cargos que ostentó en distintos momentos Henry Kissinger, y que concentran toda la política exterior de Estados Unidos, tanto la diplomática como la estratégica.

Rubio, hijo de exiliados cubanos, lleva años convencido de que el régimen de Maduro no es solo una tragedia regional, sino una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos. Y, como tal, debe ser desmantelada. La obsesión de Rubio con los regímenes de Cuba y Venezuela encontró en la obsesión de Trump con los carteles latinoamericanos la fuerza necesaria para presionar a Maduro de una forma que no había sentido antes.

La mayor operación naval en el Caribe desde 1989
Lo que está desplegando Estados Unidos en el Caribe no tiene precedentes en los últimos 35 años. Hay que remontarse a 1989, con la invasión a Panamá para derrocar a Manuel Noriega, para encontrar algo comparable. Aquel era un dictador que había sido socio e informante de la CIA, hasta que se convirtió en un capo narco imposible de sostener. Washington lo removió con una operación fulminante.

El show comenzó con tres destructores: el USS Gravely, el USS Jason Dunham y el USS Samson. Todos están equipados con misiles antiaéreos, armamento antisubmarino y alta tecnología para la guerra naval. La semana pasada se sumaron buques anfibios encabezados por el USS Iwo Jima, junto al USS San Antonio y el USS Fort Lauderdale. Son naves de más de 170 metros de eslora, con sistemas de combate Aegis, capacidad para lanzar misiles Tomahawk y transportar tropas y aeronaves. El grupo moviliza alrededor de 4.500 efectivos, de los cuales la mitad son marines, infantes de marina entrenados para operaciones en tierra. Es decir, no solo se trata de un operativo naval.

Ahora se sumaron nuevas piezas: el crucero USS Newport News, equipado con misiles Tomahawk, cañones múltiples y sistemas de intercepción cibernética, y un submarino de propulsión nuclear, que puede lanzar misiles desde el mar hacia objetivos terrestres a gran distancia. Todo bajo la formalidad de una operación contra el narcotráfico. Pero los mensajes extraoficiales y las declaraciones políticas empiezan a delinear otro propósito.

El congresista Carlos Giménez, cubanoamericano y aliado de Marco Rubio, lo dijo sin rodeos: “Esta es la mayor presencia militar que hemos tenido jamás en la costa de Venezuela. Nicolás Maduro lidera el cartel criminal conocido como el Cartel de los Soles y es responsable directo de inundar a Estados Unidos con drogas letales. Su tiempo se ha acabado”.

Maduro ya no es un dictador: es un fugitivo

El encuadre que Estados Unidos hace de Nicolás Maduro ya no es el de un dictador, sino el de un criminal. Así lo dejó en claro Karoline Leavitt, portavoz del gobierno de Trump, cuando fue consultada sobre si todo este despliegue militar iba a terminar en un ataque. “No puedo anticipar una acción militar. Eso lo decidirá el presidente”, dijo. Pero enseguida agregó: “Maduro no es el presidente de Venezuela. Es un jefe narcoterrorista fugitivo de la justicia estadounidense”.

Esa caracterización lo saca incluso del estatus de jefe de Estado de facto. Es el mismo encuadre que se aplicó a Osama Bin Laden antes de la intervención en Afganistán, con todas las distancias del caso. Pero es un cambio de categoría que no puede pasarse por alto, y que habilita otro tipo de acciones.

El Cartel de los Soles no es una invención de Washington. Se empezó a hablar de su existencia en los años 90, cuando se descubrió la participación directa de miembros de la Guardia Nacional Bolivariana —la fuerza que controla las fronteras— en operaciones de narcotráfico. Se lo llamó así por las insignias con soles que usan los generales en sus uniformes. Pero lo que comenzó como una red con conexiones dentro del Estado, se transformó en una estructura dirigida desde el Estado.

El punto de quiebre fue en 2005, cuando Hugo Chávez promulgó la ley que le otorgó a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) el control directo de la lucha contra el narcotráfico. A partir de ahí, los militares se quedaron con el negocio. Walid Makled, alias el Turco, uno de los narcos más conocidos de esa época, confesó que había pagado sobornos a más de 40 generales para poder operar. En 2011, ya preso, denunció que lo sacaron del juego para quedarse con todo.

Esa misma estructura fue descrita por Hugo “el Pollo” Carvajal, exjefe de contrainteligencia militar hasta 2014, en su confesión ante la justicia estadounidense: el narcotráfico en Venezuela es dirigido por los propios mandos militares.

Como Dios(dado) manda
En el Palacio de Miraflores el pánico es indisimulable. Maduro denunció esta semana la “diplomacia de las cañoneras”, en un intento de victimización: “No puede ser que sigamos planteando: tengo tantos cañones, tantos barcos, te los pongo enfrente y tú te rindes”. Llamativo, viniendo de quien se sostiene en el poder exclusivamente por la fuerza.

Maduro denunció también la llegada del submarino nuclear estadounidense, por considerarla violación del Tratado de Tlatelolco, que prohíbe las armas nucleares en América Latina. Habría que explicarle que no es un arma nuclear. Lo nuclear no está en su armamento, sino en su sistema de propulsión.

Más allá de la confusión, el trasfondo es claro: hay preocupación. Y hay intentos de tantear al adversario. Por un lado, con un intento denodado de desmentir cualquier complicidad con el narcotráfico, el régimen difundió imágenes de militares jurando que no están involucrados en nada. También se publicitaron algunas operaciones que terminaron con el decomiso de algunos kilos de cocaína. Y Maduro liberó a trece presos políticos, citando en un discurso a Cipriano Castro —dictador venezolano de principios del siglo XX— que alguna vez dijo: “Abro las puertas de todas las cárceles de la república para los detenidos políticos”.

Pero en Venezuela el verdadero jefe no es Maduro. Toda la información de inteligencia apunta a otra persona: Diosdado Cabello. Maduro, que no es militar, difícilmente podría liderar una estructura que está integrada y controlada por altos mandos de la FANB. Y aunque sobre él pesa una recompensa de 50 millones de dólares —el doble que sobre Cabello—, no es quien manda.

Desde la muerte de Chávez en 2013, Diosdado fue concentrando el poder represivo y criminal del Estado. Su ascendencia sobre la fuerza es total. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, mantiene un rol formal, pero quien maneja el aparato es Cabello. Eso significa manejar tanto la represión como el negocio.

Un informe de inteligencia colombiano publicado días atrás por la revista Semana señala que, tras las elecciones del 28 de julio de 2024, Maduro habría intentado renunciar. Pero fue Cabello quien se lo impidió. Si él —la cara visible del régimen, el garante de la estructura— se corría, todo se venía abajo. No es casual que, después de la última crisis, Cabello, que no ostentaba cargos, haya sido incorporado al gobierno como ministro de Interior, Justicia y Paz.

Por eso hay que mirar a Cabello más que a Maduro para entender la respuesta que está calibrando el régimen. “Van a tener que aprender todos a andar en moto, porque la batalla en la calle va a ser en moto. Algunos creen que esto será cuestión de aviones. Pero cuando pongan los pies en el suelo, vamos a estar ahí esperándolos”.

El mensaje es doble. Hacia Washington: si quieren una intervención efectiva, no va a alcanzar con un ataque aéreo, van a tener que desembarcar. Y si lo hacen, el costo será altísimo. Pero también es un mensaje hacia dentro: acá nadie se rinde. El que se rinde es un traidor. Y en Venezuela, los traidores terminan muy mal.

En busca de apoyos
Marco Rubio trabaja para legitimar una eventual intervención construyendo una coalición internacional. Y ya empieza a mostrar resultados. En una reunión de gabinete televisada, se jactó ante Trump de que la coalición incluye a Ecuador, Paraguay, Guyana, Trinidad y Tobago, y ahora también a la Argentina. El Gobierno incluyó al Cartel de los Soles en el RePET —el registro público de personas y entidades vinculadas al terrorismo y su financiamiento—, un gesto que vuelve a recordar el alineamiento total con Washington.

También hubo movimientos en el Caribe. La primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar, declaró que permitiría el uso de su territorio por tropas estadounidenses si Venezuela atacara a Guyana, con quien mantiene una antigua disputa territorial por el Esequibo. El primer ministro de Curazao, Gilmar Pisas, fue más cauto: declaró que son neutrales, dejando entrever que no impedirán ninguna operación estadounidense.

Rubio busca sumar más países. El lunes parte hacia una gira que empezará en México y terminará en Ecuador, en la que busca sumar apoyos. Francia, con presencia en el Caribe, también se mostró dispuesta.

El mayor escollo para el secretario de Estado —el mayor alivio para Maduro— son Colombia y Brasil, los dos países más importantes para la geopolítica venezolana. Porque comparten fronteras porosas, por sus relaciones históricas y por su peso específico. Gustavo Petro ya no disimula su apoyo a Maduro. Negó la existencia del Cartel de los Soles —desmintiendo a la inteligencia colombiana— y anunció que hay 25.000 militares combatiendo al narcotráfico en la frontera con Venezuela en una operación conjunta con el Estado venezolano.

En el caso brasileño, la tensión con Estados Unidos es creciente. Brasil reclama el lugar de potencia regional y se niega a aceptar cualquier injerencia externa. Lula prefiere tener a Maduro en Venezuela antes que a un gobierno democrático que podría tener vínculos estrechos con Estados Unidos. Por eso, se negó a condenar el fraude del 28 de julio.

El respaldo al régimen quedó expresado esta semana en un comunicado conjunto. Tras una conversación entre el canciller venezolano, Yván Gil, y su par brasileño, Mauro Vieira, Venezuela difundió una declaración —nunca desmentida por Brasil— en la que ambos países “abogan por el fin inmediato de las agresiones de Estados Unidos contra América Latina y el Caribe”. El texto asume que un eventual ataque contra Maduro no sería una acción puntual contra un régimen criminal, sino una agresión contra la soberanía latinoamericana.

La narrativa de la izquierda regional se ordena otra vez en torno a una defensa incondicional, no solo de un régimen autoritario, sino de una estructura ligada al narcotráfico. No es nuevo. Las conexiones entre organizaciones armadas de izquierda y el negocio de la droga han existido desde hace décadas. Las FARC fueron el ejemplo más extremo, pero no el único. La complicidad con esas redes también se proyectó sobre gobiernos democráticos que, desde hace años, mantienen posturas ambiguas o directamente cómplices frente al chavismo.

Esas lealtades tienen muchas explicaciones, pero una de ellas está en los mecanismos de financiamiento. Hay mucho por investigar sobre cómo el narcotráfico, Hugo Chávez y luego Maduro han financiado campañas políticas a lo largo de América Latina. No se trata solo de afinidades ideológicas.

El espejo de Maduro
El chavismo ha demostrado una capacidad de supervivencia que solo puede compararse con la del régimen cubano, del que aprendió todo lo que sabe. Durante más de dos décadas, enfrentó presiones internas y externas de todo tipo. Y sobrevivió. Así que lo puede volver a hacer.

La diferencia, esta vez, es que a Trump no le preocupa qué vayan a decir la ONU, las ONG o las universidades acerca de sus políticas. Juega al poder real. Y está convencido de que en su continente no pueden aceptarse amenazas de ningún tipo.

Nadie sabe qué forma tomará la acción que decida sobre Maduro, Diosdado y su régimen. Hay que descartar una invasión como las de Panamá o Afganistán. Pero una operación puntual, quirúrgica, parece plausible.

Ian Bremmer, uno de los analistas de riesgo político más influyentes del mundo, lo resumió así esta semana: “Es difícil imaginar semejante despliegue militar solo para mostrar los barcos. También es difícil imaginar una invasión a gran escala. Pero una operación limitada, potente, no puede descartarse”. Bremmer citó como antecedente el bombardeo a las centrales de enriquecimiento de uranio en Irán: una demostración de poderío militar que en minutos golpeó fuertemente el programa nuclear iraní, dejó sin capacidad de respuesta a los ayatolás y cerró la guerra de los 12 días con Israel.

Tal vez no sea el peor escenario para Maduro. Humillado y debilitado, el régimen iraní sigue ahí. El dictador venezolano no pide mucho más.

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